El mejor consejo de maternidad que he recibido

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Hoy quiero compartirles un consejo (más como un ejercicio de auto-conocimiento) que me dieron hace más de 2 años, y que ha sido como oro para mí. No lo apliqué constantemente desde el inicio para ser honesta… Las veces que lo usaba funcionaba perfecto, pero luego me volvía a distraer y se me olvidaba aplicarlo. Fue hasta que me hice la propuesta de vivir un año de crianza sin gritos que realmente empecé a utilizarlo todo el tiempo, y ha sido genial.

El ejercicio consiste en pensar en nuestro estado de ánimo como si fuese un semáforo. La primera vez que lo hice me senté y dibujé uno y pinté cada luz del color correspondiente. En este semáforo el color verde representa nuestro “mejor” humor y todas las cosas que nos caracterizan en esos momentos: somos pacientes, gentiles, nos tomamos las cosas con humor, somos responsables por nuestras emociones, empáticos, etc. Eso no quiere decir que no nos enojamos o que no nos ponemos tristes, quiere decir que reconocemos nuestras emociones, las honramos y permitimos que sean sin que lastimen a los que están a nuestro alrededor.

El color amarillo nos representa cuando estamos empezando a “perder el control”. Nuestro cuerpo y nuestra mente nos dicen que algo no anda bien. En mi caso es cuando las cosas pequeñas empiezan a desesperarme y lo que siento en mi cuerpo es como un nudo en el estómago o dolor de cabeza. Si no nos detenemos y nos hacemos conscientes de nuestras emociones para reconocerlas y honrarlas, podemos pasar de amarillo a rojo muy pronto.

El color rojo es cuando nos sentimos fuera de control. En mi caso grito, o no pienso lo que digo.

Una vez que hacemos ese ejercicio el siguiente paso es poner al lado de cada lista las cosas que podemos hacer en el día a día para mantenernos en verde, resolver el amarillo y no llegar al rojo. En mi caso hacer ejercicio, tomarme momentos en el día para hacer cosas que a mí me gustan, escribir y salir en pareja con mi esposo son cosas que me ayudan a mantenerme en “verde”. Cuando empiezo a sentirme como en amarillo, usualmente es porque no me he dado suficiente tiempo de autocuido, y lo primero que hago es pedir una pausa e ir a respirar sola, reconocer mis emociones y encontrar un momento para estar conmigo misma, o (si es imposible) para involucrar a mis hijos en algo que nos encante como poner una canción y bailar en la cocina.

Si por alguna razón ignoré todas las señales de mi cuerpo y llegué a “rojo” entonces es hora de hacer reset. Tomo agua como paso #1, y luego si mis emociones lastimaron a alguien pido perdón, y luego (un paso importante) me perdono y busco un espacio para volver al verde.

No soy perfecta y jamás espero serlo tampoco, creo que mis hijos necesitan ver que yo siento de todo y que hay veces en que no lo manejo bien, pero luego tomo acciones para corregir mis fallos. Este ejercicio ha sido una verdadera bendición en mi vida y me ha ayudado muchísimo a tener consciencia de lo que necesito para estar bien, porque cuando yo estoy bien puedo dar más y ser mejor mamá, esposa, etc. Espero que pueda ser de ayuda para ustedes también 🙂

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Un año sin gritos | Semana 1

El 29 de diciembre me senté a hacer mis metas para el 2019. Yo sé que todo el concepto de trazar metas para un año nuevo tal vez no tiene sentido para muchos; después de todo el tiempo es contínuo y no hay mayor diferencia entre un día de un año y un día del siguiente. Pero a mí me fascina el concepto de los comienzos. Me encanta la sensación que traen todos los lunes, la esperanza que traen todos los amaneceres, así que multipliquen eso por x 365 y sabrán como me siento con respecto a los años nuevos.

De un tiempo para acá he dividido mis metas en categorías, porque yo siento que soy un montón de personas en una misma 😂. Tengo una categoría de salud física, una de salud mental, una de espiritualidad, una de maternidad, una como esposa y una financiera y de trabajo… Suena como un montón pero en realidad me trazo solo 1 o máximo 2 metas muy realistas en cada categoría. Mi meta de este año como mamá: no gritar en todo el año. Cuando lo publiqué en redes sociales muchas se unieron al reto y eso me emocionó aún más.

Ya ha pasado una semana desde que inició el año y vengo a contarles como me ha ido. En resumen: ¡no ha sido fácil! Honestamente esperaba nada más ejercer autocontrol y que todo fuera cuesta abajo, pero cuando la mente se ha acostumbrado a reaccionar de cierta manera de forma habitual, entrenarla a reaccionar de forma distinta puede ser todo un reto. Aunado a esto, estoy segura de que alguien les contó a mis hijos que me había trazado esa meta porque es como si se les hubiera cambiado a “encendido” el botón de quejas, pleitos y llantos 🤪 La verdad no los culpo, yo también quedé medio chiflada de todas las actividades de fin de año y necesito descompresionar.

He encontrado una relación súper directa entre el nivel de autocuido que yo me de (tiempo a solas, ratitos de paz, lectura, etc) y mi nivel de paciencia. Los días en que he estado más cerca de tirar el reto por el balcón han sido los días en que no he tenido ni un segundo para pensar. Y ellos definitivamente se alimentan de mi energía: si yo estoy tranquila, casi siempre (aunque no desde un inicio), ellos vuelven a un momento de paz.

En las próximas semanas seguiré escribiendo y relatando esta aventura con honestidad, y además compartiendo las cosas que me van sirviendo (y las que no) en este cambio de chip.

Y a ustedes, ¿cómo les ha ido en el reto?

Nuestra Lista de Verano

Los veranos siempre son mi parte favorita del año; son recuerdos a los que regreso cuando quiero sonreír y revivir buenos momentos. A veces cuando empieza el invierno pienso “¡Me gustaría haber hecho “x” cosa con ellos cuando había sol todo el día”!, por eso este año quise hacer una lista de las cosas que de fijo me gustaría hacer con mis chicos para hacer esta temporada aún más inolvidable.

La lista tiene actividades sencillas, que se puedan realizar sin importar donde uno viva, el presupuesto o cuánto tiempo libre tenga. Ayer empezamos a chequear actividades y nos sentamos a ver el atardecer cobijados en el balcón :). Estoy súper emocionada por completar las demás antes de que empiece la temporada lluviosa.

Y ustedes, ¿qué les gusta hacer durante el verano?

Un año sin gritos

Todos hemos estado ahí, en un día en el que hemos repetido lo mismo a nuestros hijos una y otra vez, hemos hablado con nuestra voz paciente y baja tratando de razonar, de mantener la calma y luego… el chispazo. Ese momento en el que entramos en modo automático y lo único que logramos es gritar para darnos a entender. Y como usualmente atrae la atención de todos los que están a nuestro alrededor entonces pareciera (al menos por un segundo) que funciona. Es más, me atrevería a decir que como sociedad hemos interiorizado que para ser papás y darnos a respetar HAY que gritar, tal vez no todo el tiempo pero si cuando hablamos muy muy en serio.

Yo siempre me he considerado una persona de carácter “fuerte”, pero a pesar de todo, hasta hace un tiempo era una mamá bastante paciente. Mis hijos eran bebés, y la verdad es bien difícil no tenerle paciencia a alguien que no sabe hablar, que no puede moverse mucho ni comer sin tu ayuda, pero extenderle la misma paciencia y consideración a un niño ha sido para mí personalmente un reto mucho mayor. Nuestros hijos a veces son espejo de todas las cosas que no vemos de nosotros mismos y eso nos hace reaccionar de forma visceral, de irnos directo a la primera reacción que nuestra mente haga, sin detenerse, sin decidir que nosotros cómo queremos reaccionar.

Lo que pasa es que en esos momentos, en lugar de asegurar mi autoridad o lograr que mis hijos escuchen, lo que estoy haciendo es modelando un comportamiento que yo quiero que ellos superen, en lugar de copiar. Estoy dando a entender que cuando uno está enojado puede gritarle a las personas que uno ama, que uno es una víctima de sus emociones y que no tiene control sobre ellas sí las condiciones exteriores cambian.

Ayer estaba sentada haciendo mis metas para el 2019 y cuando llegue a lo que quería lograr como mamá lo primero que se me ocurrió fue “un año sin gritos”. De inmediato por supuesto sentí ansiedad y dudas (¿cómo voy a lograr pasar 365 días sin enojarme?????), pero luego me di cuenta que al proponerme eso no estaba diciendo que no podría enojarme por un año, por supuesto que me voy a enojar muchísimas veces, ¡ni que fuera un robot! Mi verdadera meta es poder sentir enojo, tristeza, frustración y poder manejar esas emociones de la manera que me gustaría que mis hijos aprendan a manejar las suyas.

Luego pensé en todas las veces que he hecho una meta para el nuevo año y que no he logrado cumplirla y las veces en que si las he logrado cumplir. La diferencia entre ambas ha sido el hecho de que la he compartido con quiénes me rodean y eso me da un sentido de responsabilidad sobre la meta que no lo tengo cuando la hago solo conmigo misma. También tenía desde hace mucho tiempo ganas de volver a escribir y resucitar este blog que tanto quiero, entonces pensé ¿qué mejor manera que compartir esta jornada con quien quiera leerla? Tal vez hasta alguien se sienta inspirado y quiera unirse al reto…

Así que aquí estoy hoy 30 de diciembre del 2018, lista para que el 2019 sea mi primer año libre de gritos. ¿Están listos para acompañarme en esta aventura?

El día en que casi renuncié a la lactancia

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Era la tercera semana de vida de mi primera hija, y yo estaba sentada en un sillón en su cuarto, con ella prendida a un pecho: ella feliz, yo no tanto. No había dormido casi nada en los últimos días, la espalda me dolía, mis pezones aún estaban empezando a acostumbrarse a la lactancia, y la verdad me sentía un poco atrapada. Atrapada debajo de ese cuerpito chiquitito que me necesitaba tanto. Era algo indelegable, ella ocupaba mi leche para sobrevivir y yo la necesitaba a ella cada vez que mis tetas se llenaban… algo que debía ser como una simbiosis, en ese momento no se sentía para nada ideal. Acababa de descubrir que ella era alérgica a la proteína de la leche de vaca, entonces además de aprender lo que había que aprender acerca de ser mamá, tenía que aprender a comer de una forma distinta para poder seguirle dando pecho. Sentía como que el mundo era súper pesado, y yo lo estaba cargando en mis hombros. En ese momento fue cuando lo pensé: la vida tal vez sería más sencilla si yo no diera de mamar… es más, me dije a mi misma que si cuando llegaba esa tarde al consultorio del pediatra él me sugería que le diera fórmula, yo iba a decirle adiós a todo el tema porque dar teta no era para mí.

Luego de ese día le di lactancia exclusiva a mi hija hasta que ella misma decidió que  no quería más. En este momento que escribo este post, estoy en el sétimo mes de lactancia exclusiva con mi segundo hijo… quien me conoce sabe que soy algo así como una activista de la teta, una verdadera apasionada del tema. Esa tarde de Noviembre hace casi 3 años, fue tan solo la primera vez que yo creía que no había nacido para dar de mamar. Luego de eso y en numerosas ocasiones me imaginé que existían varias razones para renunciar total o parcialmente a la idea de amamantar: cuando mi hija tuvo una etapa en la que solamente quería amamantar acostada, cuando me dio mastitis, cuando le salieron sus primeros dientes y le dio por morder (¡auch!), cuando ella decidió que sólo quería mamar de la teta izquierda, cuando a los 8 meses decidió que iba a pasar de dormir muchas horas seguidas a mamar cada 3 horas como un recién nacido en la noche (algo que es normal en el desarrollo). En cada una de esas ocasiones (y quizás en otras en el intermedio) el mismo pensamiento cruzó mi mente. A esos momentos yo les llamo mis “casi-casi”.

Los “casi-casi” son de esos temas tabú en la lactancia. Todo el mundo quiere hablar de las cosas divinas de dar teta (es realmente maravilloso, y de eso podría escribir no uno, sino decenas de posts), pero nadie quiere admitir sus “casi-casi”. He encontrado que cada vez que comparto alguna de estas experiencias, algunas personas piensan que soy algún tipo de mártir o masoquista, que continuó con algo que no disfrutaba al 100% en ese momento.  Creo que eso se debe más que todo a que vivimos en un mundo en el que queremos ver todo o blanco o negro, y no aceptamos que aún las cosas más lindas pueden estar pintadas de infinitas tonalidades de gris. Pero el silencio en este tema hace que muchas personas que tienen esos pensamientos sientan que quizás son las únicas, que de verdad la lactancia no debe ser para ellas, puesto que las personas que han dado teta de forma exitosa son algún tipo distinto de mujer mítica a quien todo se le dio muy fácil y que amó cada microsegundo de la experiencia. Quiero compartir mi experiencia y las cosas que hicieron que en cada uno de esos momentos yo decidiera seguir adelante, porque hay algo que si es cierto: nunca me he arrepentido de haber continuado dando de mamar.

Entiendo que este post no será para todas las mujeres. Cualquier persona puede decidir que no desea amamantar en cualquier momento o por cualquier razón que lo desee, es parte de nuestro derecho como mujer y de nuestra autonomía corporal. Hay personas que han dejado de hacerlo con mucho dolor y desilusión por razones médicas, hay personas que se han sentido liberadas y han dejado de hacerlo por razones tan sencillas como el simple hecho de no desear amamantar. Ambas situaciones son igual de válidas. Hay cuatro pilares que han sostenido mi relación de lactancia con mis hijos, y los comparto a continuación para aquellas que desean amamantar a sus hijos y que creen que los momentos de duda les superan.

Tener una tribu de apoyo

Para mí tener un grupo de personas que crean en la lactancia y que estén dispuestas a escuchar sin juzgar ha sido la parte más importante de todo. En mi caso, la principal ayuda ha venido de una de las líderes de La Liga de La Leche en mi área, a quien yo le llamo mi “ángel de lactancia”. A veces me ha ayudado dándome soluciones, y a veces simplemente me ha escuchado mientras que me desahogo y me da ánimos para continuar. Hay mujeres que vienen de una familia en las que todas han dado teta, desde su abuela, hasta su mamá, tías, etc. Ellas también pueden ser un enorme apoyo. Las parejas pueden ser un apoyo maravilloso también si están bien informadas. Hay grupos en redes sociales, chats a través del teléfono, etc. El punto es encontrar al menos una persona (ojalá varias) que estén dispuestas a escuchar y apoyar.

Encontrar profesionales de la salud pro lactancia

Una vez leí en un foro que todos los pediatras son pro lactancia. Claro, ¿cómo no habrían de serlo? si los beneficios de la leche materna son científicamente comprobados. Sin embargo, por más que un profesional de la salud afirme que la leche materna es el mejor alimento para un bebé lactante, hay algunos cuyos consejos que pueden poner hasta a la más determinada de las mamás a nadar contra corriente: dar teta con un horario fijo, introducir biberones antes de que la lactancia esté bien establecida, sugerir fórmula desde el nacimiento sin ninguna razón médica para hacerlo, negar la importancia de las consultoras de lactancia, entre otras. Todos los pediatras coinciden en una maravillosa forma: si nuestro hijo se enferma, podemos confiar en sus años de estudio y experiencia para buscar la solución, así que todos merecen respeto y admiración, pero yo en aquella tarde de Noviembre que describí al inicio de post me di cuenta de la importancia de coincidir también en otras ideas como la lactancia. Si yo hubiera entrado ese día al consultorio y mi pediatra hubiera solamente mencionado la fórmula, mi relación de lactancia no habría sido la misma, me habría perdido de un montón de momentos que atesoro en mi corazón y mi hija no hubiera recibido 14 meses del mejor alimento.

Entender que hasta las experiencias más hermosas tienen altos y bajos

Cada experiencia hermosa y valiosa de la vida tiene altos y bajos. El matrimonio es maravilloso pero nadie espera que sea fácil todos los días, viajar por el mundo es lo máximo pero hasta el mejor paseo tiene sus contratiempos, estudiar una profesión da muchísima satisfacción al final del camino, pero el camino en sí a veces es pedregoso. No por eso nos dejamos de casar, o dejamos de pasear, o renunciamos a estudiar. Sin embargo, cuando se trata de la lactancia a veces pensamos que si cada momento de la experiencia no nos hace sonreír, entonces no vale la pena. En mi opinión, vale cada segundo. Los contratiempos hacen que los momentos dulces sepan aún más dulces, y los momentos no tan hermosos nos preparan para un realidad de la maternidad: aunque amemos a nuestros hijos con todo nuestro corazón, habrán días fáciles en donde sentimos que lo tenemos todo bajo control y días más complicados, de los cuales podemos aprender y crecer muchísimo como personas.

Además es importante a veces ponerse profunda y preguntarse por qué nos sentimos como nos sentimos. La lactancia es retadora por supuesto, pero muchas veces el reto no lo presenta la lactancia en sí sino las exigencias sociales con las que sentimos que tenemos que cumplir: estar siempre arregladas, vernos siempre bien, ser súper mamá, súper esposa, la súper mujer imposible que nos han vendido. A veces basta con apagar el ruido externo y darnos cuenta de lo que es realmente importante para nosotros, en lugar de comprarnos una idea prefabricada que nos han vendido de como debería de ser una mamá exitosa.

Seguir un excelente consejo de lactancia (y de vida)

El mejor consejo de lactancia que recibí realmente no me fue dado como un consejo de lactancia, sino como uno de vida, pero aplica perfectamente para estas situaciones:

Nunca renuncies después de un mal día

Esa simple cita de Nastia Luikin, una gimnasta olímpica, la tengo grabada en mi mente y me ha ayudado en muchísimos aspectos de mi vida. En un “mal día” no siempre tenemos la mente en el lugar correcto para tomar decisiones apropiadas. Siempre al final de un día retador, en el que a veces consideraba renunciar me decía a mi misma antes de ir a la cama “hoy ha sido un mal día, hay que esperar a que las aguas se calmen antes de tomar una decisión”, y siempre al día siguiente o un par de días después, cuando todo se calmaba yo podía ver las cosas bajo otra óptica.

 

Espero que este post pueda ayudar al menos a alguna mamá que esté pasando por lo mismo, para que ella sepa que no está sola, y que otras hemos sentido lo mismo.

Lectura recomendada antes de visitar a un recién nacido

Recien nacido

Lo recuerdo como si fuera ayer: mi sobrino menor acababa de nacer hacía una semana y fuimos por primera vez a verlo a su casa. Mi cuñada, recuperándose aún de una cesárea nos recibió a todos con una sonrisa, y estaba intentando ayudar a comer a mi sobrino mayor. En eso el bebé (quién hasta el momento había estado en su cuna tranquilo) empezó a llorar. Primero suavecito y luego poco a poco iba aumentando el volumen hasta transformarse en un llanto desesperado. ¿Qué hicimos nosotros? Nos quedamos sentados ahí, nada más viéndonos las caras, esperando instrucciones, sin dar el primer paso mientras que mi pobre cuñada trataba de partirse en dos. Ahora que soy mamá de dos, me doy cuenta del montón de cosas que estuvieron mal con esa escena. Ninguno ayudó, no porque tuviéramos malas intenciones, sino porque simplemente no teníamos idea de como manejar la situación y de qué se debe hacer o no cuando se visita a un recién nacido y a una mujer que acaba de dar a luz.

Hay decenas de posts online que instruyen lo básico: lávese las manos, no bese al recién nacido, no se quede mucho rato de visita, entre otras. Pero hasta el momento no he leído un post que resuma las cosas que a mí me facilitaron la vida durante las primeras semanas de vida de mis dos hijos, así que decidí hacerlo yo. He aquí mi manual de instrucciones para cualquiera que visite a un recién nacido y a su madre.

Recuerde que no sólo ha nacido un niño, ha nacido una mamá

Los bebés recién nacidos obsesionan a cualquiera. Uno podría quedarse viéndolos todo el día. Con mis dos hijos yo he pasado horas nada más viendo como suben y bajan sus pancitas cuando respiran mientras duermen. Es normal llegar a admirar al pequeño, pero no se olvide de preguntarle a la mamá cómo está. Esa mujer ojerosa y despeinada que está a la par del recién nacido es una guerrera: hace pocos días ha pasado por el mayor reto de su vida dando a luz al bebé y está recuperándose física y mentalmente de un parto o una cesárea. No está durmiendo casi nada y está en alerta constante por su bebé. Pregúntele cómo está, escuche su versión de la historia y hágale saber que lo está haciendo genial.

Trate de evitar las preguntas trilladas

Ningún bebé recién nacido duerme toda la noche (ni debería hacerlo), la mayoría come a cada rato, todos los bebés son buenos (así lloren mucho o no), así que esas preguntas sobran.

No espere nada de la visita, más bien pregunte cómo puede ayudar

Llegar a la casa de una persona que acaba de dar a luz y esperar una atención impecable, que incluya comida, bebidas y atención al 100% es desconsiderado e irreal. Pregunte en qué puede colaborar, lleve más bien usted la comida y las bebidas, ayude a lavar los platos que están en el fregadero, no espere que le reciban en la puerta (puede que haya crisis en ese momento) y más bien pregunte a los papás si hay algo en lo que usted podría ayudarles.

Si hay un hermano mayor, trate de darle buena parte de su atención

Esta yo no la entendí hasta que tuve a mi hijo menor. La verdad es que incluso siendo mamá, yo pequé de visitar a una familia con dos hijos y darle mucho más atención al bebé recién nacido. A los hermanos mayores les cambia el mundo cuando nace su hermanito, y necesitan de la atención tanto de sus papás como de los que visitan, aunque ya no “hagan tanta gracia” como un bebé. Juegue con el chico mayor y trate de no hablarle solamente acerca de su nuevo rol de hermano mayor, sino de darle una pausa en la que él sea el protagonista. Un niño haciendo un berrinche necesita mucho más amor y atención en ese momento que un bebé que duerme plácidamente, aunque nuestra mente adulta quiera ignorarlo. Por nada del mundo haga comentarios como “me voy a robar al bebé” o “ahora le quitaron a papi y a mami”, etc etc.

Siempre pregunte si puede o no alzar al bebé

Hay mamás que se sienten más cómodas si ellas son las que están alzando al bebé. Yo soy una de esas mamás. Siempre pregunte antes de alzar a un niño. Puede sonar exagerado para algunos, pero un niño no es un objeto para admirar, es una persona por respetar, y su seguridad en los primeros meses está en los brazos de sus papás. A todos nos fascina “chinear”, pero siempre pregunte antes. Y nunca, nunca pero nunca despierte a un bebé que duerme plácidamente solo por tenerlo en sus brazos o tomarse una foto con él.

Pregunte si ocupan algo del supermercado antes de ir

Esta es una que a mi me salvó la vida en los primeros meses de vida de mi segundo hijo. Con una niña de 2 años y un bebé en brazos, ir al supermercado me parecía una hazaña prácticamente imposible. Cada vez que mi suegra o mi mamá me venían a visitar me preguntaban que si ocupaba algo del supermercado y la respuesta casi siempre era sí, y siempre me ayudaba muchísimo lo que me traían. Así que haga la pregunta antes de ir, puede que le esté haciendo a los ocupados nuevos papás un gran favor.

La muerte del parque. Una historia de infancias perdidas

Parque

“Parka parka”, gritaba mi hija desde la puerta. Después de “papá”, “mamá” y “agua”, “parka” (su versión bebé de “parque”) fue una de sus primeras palabras. Es su lugar favorito, donde puede correr sin medida, ser ella misma, inventar, explorar, y lo ha sido así desde que tenía escasos meses. Es nuestro pedacito de verde, de tierra en este mundo de cemento, humo y pantallas brillantes. Todos sus vecinitos de la misma edad también iban, a veces mucho rato y hasta a ensuciarse, a veces poco y dentro de sus cochecitos (dependía de sus mamás), pero siempre iban. Se fue formando una “barra”, el grupillo de la misma edad que primero gateaba, luego caminaba, luego corría. Por ratos era como verlos vivir en otros tiempos, en tiempos que olían a libertad, en donde los niños eran protagonistas de su infancia, en lugar de andar dentro de un carro con sus papás, cumpliendo con su horario de actividades cuidadosamente planeadas. Me sentía dichosa de que mi hija pudiera crecer en un lugar así, que es privilegio ahora que las ciudades se planean dejando por fuera lo verde.

Y luego empezó a suceder, uno a uno los amiguitos del parque dejaban de llegar. Ya habían cumplido 1 o 2 años, y sus papás empezaban a sentir la presión. Jamás podían jugar todo el día, tenían que estar más estimulados. No por el sol, la tierra, la arena, las piedras, el agua, los sonidos de los pájaros, pero por pupitres de colores, letras y números. El miedo empezaba a apoderarse de las decisiones de sus cuidadores, miedo a que de alguna forma al estar “solo en casa” se estuvieran atrasando. Miedo a que se estuvieran aburriendo. Miedo a que su barrilla del parque no fuera lo suficientemente grande para lograr una apropiada socialización. No había estructura en el parque, al menos no una creada por adultos, los niños creaban sus propias reglas y ya era hora de adoctrinarlos en las del mundo.

Mañanas llenas de gritos y carreras se fueron quedando calladas. Areneros llenos de niños ya no se veían batidos y llenos de huecos hechos por sus manos y sus palas. Esas manos ahora estaban ocupadas, estaban recibiendo instrucciones de que hacer con un pedazo de papel o plastilina. Y poco a poco se fue vaciando hasta que solo quedamos dos. A veces nos visita una ardilla, o el grupo de patitos que vive en el lago, algún pajarito que se antoja de la fruta que estamos comiendo. El parque se sigue llenando en las tardes, pero ya no es la actividad alrededor de la cual gira el día, sino el descanso para los chicos que han pasado el resto del día siguiendo instrucciones y por una hora pueden volver a inventar las suyas. Ya sus mentes no se usan tanto para construir castillos de las hojas caídas de las palmeras… pero saben sumar, restar y recitar las formas y colores.