Un año sin gritos

Todos hemos estado ahí, en un día en el que hemos repetido lo mismo a nuestros hijos una y otra vez, hemos hablado con nuestra voz paciente y baja tratando de razonar, de mantener la calma y luego… el chispazo. Ese momento en el que entramos en modo automático y lo único que logramos es gritar para darnos a entender. Y como usualmente atrae la atención de todos los que están a nuestro alrededor entonces pareciera (al menos por un segundo) que funciona. Es más, me atrevería a decir que como sociedad hemos interiorizado que para ser papás y darnos a respetar HAY que gritar, tal vez no todo el tiempo pero si cuando hablamos muy muy en serio.

Yo siempre me he considerado una persona de carácter “fuerte”, pero a pesar de todo, hasta hace un tiempo era una mamá bastante paciente. Mis hijos eran bebés, y la verdad es bien difícil no tenerle paciencia a alguien que no sabe hablar, que no puede moverse mucho ni comer sin tu ayuda, pero extenderle la misma paciencia y consideración a un niño ha sido para mí personalmente un reto mucho mayor. Nuestros hijos a veces son espejo de todas las cosas que no vemos de nosotros mismos y eso nos hace reaccionar de forma visceral, de irnos directo a la primera reacción que nuestra mente haga, sin detenerse, sin decidir que nosotros cómo queremos reaccionar.

Lo que pasa es que en esos momentos, en lugar de asegurar mi autoridad o lograr que mis hijos escuchen, lo que estoy haciendo es modelando un comportamiento que yo quiero que ellos superen, en lugar de copiar. Estoy dando a entender que cuando uno está enojado puede gritarle a las personas que uno ama, que uno es una víctima de sus emociones y que no tiene control sobre ellas sí las condiciones exteriores cambian.

Ayer estaba sentada haciendo mis metas para el 2019 y cuando llegue a lo que quería lograr como mamá lo primero que se me ocurrió fue “un año sin gritos”. De inmediato por supuesto sentí ansiedad y dudas (¿cómo voy a lograr pasar 365 días sin enojarme?????), pero luego me di cuenta que al proponerme eso no estaba diciendo que no podría enojarme por un año, por supuesto que me voy a enojar muchísimas veces, ¡ni que fuera un robot! Mi verdadera meta es poder sentir enojo, tristeza, frustración y poder manejar esas emociones de la manera que me gustaría que mis hijos aprendan a manejar las suyas.

Luego pensé en todas las veces que he hecho una meta para el nuevo año y que no he logrado cumplirla y las veces en que si las he logrado cumplir. La diferencia entre ambas ha sido el hecho de que la he compartido con quiénes me rodean y eso me da un sentido de responsabilidad sobre la meta que no lo tengo cuando la hago solo conmigo misma. También tenía desde hace mucho tiempo ganas de volver a escribir y resucitar este blog que tanto quiero, entonces pensé ¿qué mejor manera que compartir esta jornada con quien quiera leerla? Tal vez hasta alguien se sienta inspirado y quiera unirse al reto…

Así que aquí estoy hoy 30 de diciembre del 2018, lista para que el 2019 sea mi primer año libre de gritos. ¿Están listos para acompañarme en esta aventura?

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2 thoughts on “Un año sin gritos

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