La muerte del parque. Una historia de infancias perdidas

Parque

“Parka parka”, gritaba mi hija desde la puerta. Después de “papá”, “mamá” y “agua”, “parka” (su versión bebé de “parque”) fue una de sus primeras palabras. Es su lugar favorito, donde puede correr sin medida, ser ella misma, inventar, explorar, y lo ha sido así desde que tenía escasos meses. Es nuestro pedacito de verde, de tierra en este mundo de cemento, humo y pantallas brillantes. Todos sus vecinitos de la misma edad también iban, a veces mucho rato y hasta a ensuciarse, a veces poco y dentro de sus cochecitos (dependía de sus mamás), pero siempre iban. Se fue formando una “barra”, el grupillo de la misma edad que primero gateaba, luego caminaba, luego corría. Por ratos era como verlos vivir en otros tiempos, en tiempos que olían a libertad, en donde los niños eran protagonistas de su infancia, en lugar de andar dentro de un carro con sus papás, cumpliendo con su horario de actividades cuidadosamente planeadas. Me sentía dichosa de que mi hija pudiera crecer en un lugar así, que es privilegio ahora que las ciudades se planean dejando por fuera lo verde.

Y luego empezó a suceder, uno a uno los amiguitos del parque dejaban de llegar. Ya habían cumplido 1 o 2 años, y sus papás empezaban a sentir la presión. Jamás podían jugar todo el día, tenían que estar más estimulados. No por el sol, la tierra, la arena, las piedras, el agua, los sonidos de los pájaros, pero por pupitres de colores, letras y números. El miedo empezaba a apoderarse de las decisiones de sus cuidadores, miedo a que de alguna forma al estar “solo en casa” se estuvieran atrasando. Miedo a que se estuvieran aburriendo. Miedo a que su barrilla del parque no fuera lo suficientemente grande para lograr una apropiada socialización. No había estructura en el parque, al menos no una creada por adultos, los niños creaban sus propias reglas y ya era hora de adoctrinarlos en las del mundo.

Mañanas llenas de gritos y carreras se fueron quedando calladas. Areneros llenos de niños ya no se veían batidos y llenos de huecos hechos por sus manos y sus palas. Esas manos ahora estaban ocupadas, estaban recibiendo instrucciones de que hacer con un pedazo de papel o plastilina. Y poco a poco se fue vaciando hasta que solo quedamos dos. A veces nos visita una ardilla, o el grupo de patitos que vive en el lago, algún pajarito que se antoja de la fruta que estamos comiendo. El parque se sigue llenando en las tardes, pero ya no es la actividad alrededor de la cual gira el día, sino el descanso para los chicos que han pasado el resto del día siguiendo instrucciones y por una hora pueden volver a inventar las suyas. Ya sus mentes no se usan tanto para construir castillos de las hojas caídas de las palmeras… pero saben sumar, restar y recitar las formas y colores.

 

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