Reduciendo nuestra huella de carbono

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Pocas cosas lo hacen a uno más consciente de sus acciones y del poder que estas tienen para generar un cambio como estar esperando un hijo. En febrero, cuando recibimos la noticia de que íbamos a ser papás, además un gran entusiasmo, empezó en mí un sentimiento fuertísimo de querer mejorar. Todas las excusas que podía tener antes para realizar cambios sonaban débiles y poco válidas a la par de la idea de darle a Alicia la mejor bienvenida al mundo.

Y es que en los últimos años mi esposo y yo hemos disfrutado tanto: largas caminatas en montañas, horas de nadar en el mar (a veces al lado de tortugas o cardúmenes), momentos remando en nuestras tablas casi siempre viendo mantarrayas o peces saltar. Nos hemos bañado en pozas y cataratas, y sabemos lo que es entrar a una selva cuando está oscura y callada y verla gradualmente despertar con el sol. Es en esos momentos donde uno se siente pequeñito ante tanta grandeza natural. ¿Cómo no querer que nuestra hija disfrute de todo esto y más?

Sin embargo nuestras acciones (como las de muchas personas bien intencionadas) no siempre estaban de acuerdo con esta idea. Si bien siempre he sido consciente de la importancia de cuidar el medio ambiente, y hago muchas cosas obvias (no tirar basura cuando vamos de paseo, cambiar los bombillos de mi casa por unos más eficientes, etc), muchas acciones las he evadido o retrasado por confort. Como sociedad estamos dispuestos a trasnocharnos y perder la salud para estudiar una carrera o ganar un puesto en un trabajo que nos de más dinero, pero no a perder el confort de las costumbres de la vida diaria, aunque esto sea para mejorar.

Así que con la noticia de Alicia inició mi jornada para disminuir la huella de carbono de nuestra familia. Durante los siguientes posts les contaré las las tres ideas en las que me he basado para ir haciendo los cambios que he hecho, y espero que me acompañen en esta jornada de cambios a través del blog, ya que hay muchas cosas más que contar (y mucho más por hacer).

 

1. Casi todo lo que usamos y consumimos afecta nuestras fuentes de agua.

Los ríos (tanto superficiales como subterráneos) y el mar son los más afectados por nuestras decisiones día a día. Desde los productos que utilizamos para limpiar y para el aseo personal (los jabones y detergentes que pasan por nuestras tuberías), hasta la comida que consumimos tiene un efecto directo sobre los cuerpos de agua. Eso significa que debemos de ser conscientes de lo que se va por el drenaje, y también de lo que usamos para alimentarnos, ya que muchos pesticidas y herbicidas utilizados terminan inevitablemente contaminando las fuentes de agua.

Las principales acciones que he tomado en ese sentido:

-Cambiar todos los productos de limpieza de la casa por productos hechos con ingredientes de origen vegetal que sean biodegradables y no contaminantes.

Hasta el momento mi marca favorita es Blue Tech (hecho en Costa Rica), pero hay otras marcas nacionales buenísimas como Florex y cientos de opciones artesanales.

En este tema, creo que la principal preocupación es que los productos no “limpien igual”. Por experiencia les cuento que todos los que he utilizado hasta el momento funcionan igual o mejor y además tienen una serie de ingredientes no químicos como aceites esenciales derivados de cítricos, los cuales tienen un efecto bactericida y antivírico importante. Pero no me lo tienen que creer a mí (yo era medio escéptica también), nada más hagan el research en distintos artículos científicos recientes.

Lo mismo aplica para los productos de aseo personal. Mi marca favorita hasta el momento es Bioland, pero Aromaflor hace también productos deliciosos.

-Ser más consciente de la huella hídrica que tiene lo que usamos, hacemos y comemos

La cantidad de agua que utilizamos en nuestra casa para cosas como el lavado de ropa, las duchas, etc. es mínima comparada a la cantidad de agua dulce utilizada para la producción de ciertos bienes a los que estamos acostumbrados; a esto se le llama huella hídrica. Para tener una mejor idea de lo que estoy hablando, para producir 1 kg de carne se requiere de 16000 litros de agua, esto entre el agua usada para cultivar el alimento del ganado, el agua utilizada para su consumo y para otras etapas de la producción. Por otro lado, 1 kg de papas usa 250 litros de agua. Así que una disminución en nuestro consumo de carne (aunque sea mínima) puede hacer una gran diferencia.

A la hora de hablar de vegetales y frutas también es posible hacer un esfuerzo de comprar orgánico. Ya algunos supermercados tienen varias frutas y vegetales orgánicos y hay ferias los fines de semana dedicadas solamente a la venta de este tipo de alimentos. También algunos supermercados pequeños que limitan su venta a estos productos. Esto porque los herbicidas y pesticidas utilizados para el cultivo logran en muchas ocasiones filtrarse a los cuerpos de agua y contaminarlos.

En los próximos días estaré compartiendo las otras dos ideas que están impulsando los demás cambios que estamos haciendo en mi casa.

Al final de cada post los quiero dejar con una frase distinta que me ha motivado en estos meses de cambios. Esta primera es de Maya Angelou:  “Hazlo lo mejor que puedas, hasta que sepas más. Cuando sepas más, hazlo mejor”.

¡Hasta la próxima!

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